Debo admitir públicamente (o al menos ante cualquiera que lea este blog si es que de hecho hay alguien que lo haga) que soy un adicto… Y como es propio de cualquier adicción, me causa un inmenso placer cuando, después de la necesidad logro obtener lo que quiero, lo poseo, lo disfruto, en realidad me hace muy feliz; la particularidad de mi adicción, al menos de la que estoy por confesar, es que el efecto puede durar muchas horas, días, algunas veces me ha durado indefinidamente y eso no lo logran muchas sobstancias. La adicción de la que me confieso en este post es la música…

En realidad tampoco hay mucha novedad en ello, cualquiera que me conozca lo suficiente, sabe que tengo una especie de obsesión galopante por escuchar música en todo momento, por buscar cosas nuevas qué escuchar y por crear el soundtrack de cada instante a partir de las dosis de música que voy encontrando a mi paso en cualquier lugar o situación.

A manera de narración, como cuando Burroughs o Jünger describían sus estados más alterados por las drogas les pediré que se imaginen un bar cincuentero, viejo, casi olvidado por los transeúntes, con luces pálidas que resaltan tristemente el rojo del tapiz y las telas del interior. Al fondo un piano, como en cualquier bar que se precie de llamarse así, controlado por un viejo fumador y venido a menos que disfruta de sus tragos mientras deja ver en su mirada el deseo y la turbación que le provoca esa cantante rubia que, recargada en el piano, deja salir historias que, si bien en momentos son irrelevantes en cuanto a la letra, atrapan irremediablemente al escucha con una melodía, una voz que es a l mismo tiempo dulce y agresiva, como el martini sobre las mesas…

Así es Melody Gardot, quien no podría tener un mejor nombre… Cada una de las melodías que acompaña con su voz es absolútamente seductora; transporta irremediablemente a quien la escuecha, a estados de ánimo alterados que siemre desenvocan en la sensualidad y en el dolor. Ese dolor que en el fondo se apetece de vez en cuando. Gardot tiene la voz de Fiona Apple, con toques a la Norah Jones; la actitud femenina (hasta feminista) de Duffy y la sensualidad que se desborda de la boca de KD Lang.

Saliendo del bar con la consciencia alterada por el humo y la música, pero con el ánimo elevado. Camino a casa (o á donde la noche me lleve) sigue mis pasos una mujer que canta incansablemente al ritmo de una batería estilo jazz que se encuentra en la esquina, La miro y doblo a la derecha sin saber por qué, tal vez por que allá están la trompeta del swing y el piano que no se le separa y así, sin saber como, llego a un salón de baile, o lo que quiera que esto sea, en donde una banda, una suerte de Squirrel Nut Zippers reloaded, una banda que concretiza la dulzura de Pink Martini y la fuerza de un remix de Nina Simone, a eso suena esa banda que descubro se llama Club Des Belugas.

Ya en casa, cuando por fin estoy a punto de perder la conciencia, me espera junto a la ventana, viéndome cómo me quito la ropa y me meto a la cama, una voz que si bien me recuerda a Beth Gibbons (antes de el Thrid de Portishead y sin la electricidad de Moloko), parece haber nacido de los mismos acordes que Feist, pero con la hipnótica fuerza, un tanto melancólica, de Willim Orbit sin tanto sintetizador pero sí con mucha y mejor instrumentación. Así, Klima pone su cabeza en mi misma almohada para hacerme recordar a Jewel y dormir, ojalá despierte mañana, ojalá que no sea así.

La narración ha terminado, mi adicción por el contrario, se hace mayor a cada momento, y ojalá haya quien la comparta, de ser así, o sólo por curiosidad, hagan play en este reproductor y escuchen las rolas, tal vez alguna historia se les ocurra…

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