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En México, el matrimonio entre personas del mismo sexo fue una realidad varias semanas antes de que lo fuera en Estados Unidos, aunque por razones obvias (¿?), la noticia no tuvo tanto impacto, ni siquiera a nivel nacional, como cuando esto fue decidido por la Suprema Corte del país vecino…

Ahora que el matrimonio entre parejas homosexuales es una realidad, ya no es noticia, por ello es que hasta ahora escribo al respecto. Por que ahora es cuando debemos empezar a preguntarnos qué es lo que sigue.

En México, el matrimonio entre personas del mismo sexo fue una realidad varias semanas antes de que lo fuera en Estados Unidos, aunque por razones obvias (¿?), la noticia no tuvo tanto impacto, ni siquiera a nivel nacional, como cuando esto fue decidido por la Suprema Corte del país vecino…las razones varían. Probablemente se debe a las redes sociales, así como a la diversidad cultural y étnica de los habitantes de EEUU. Me alegra que haya sucedido. Me da mucho gusto que las diferencias sociales y de derechos que vive la gente homosexual se borren poco a poco para dar paso a una sociedad más igualitaria, pero me preocupa, y mucho.

La razón de mi preocupación radica en las varias consecuencias que se pueden presumir a nivel social y económico, resultando en una disminución de las opciones de vida y un regreso a los estigmas que alguna vez consideramos superados.

De entrada el argumento más probable ahora es, si ya se pueden casar las parejas de cualquier preferencia, entonces ¿por qué no lo hacen? Ya sé que es un poco pronto para ello pero, partiendo del hecho de que en países como México, uno de los principales problemas que vive la gente homosexual es aquel del estigma de la soledad y la falta de una familia “tradicional” o ” completa”, entonces ahora que todo el mundo puede contraer matrimonio, los comentarios referentes a la edad y el objetivo en la vida, se volverán a presentar con mayor frecuencia que antes. Ya tienes más de treinta, deberías sentar cabeza, buscar una pareja y casarte…tal vez adoptar, se volverá de nuevo la medida con la que se determinará el nivel de madurez o de adecuación a la sociedad con que los individuos se hacen merecedores de respeto. ¿Qué pasará con todos aquellos que estamos convencidos firmemente que la ida en soltería (que no en soledad) es la mejor de las opciones? Ciertamente acepto que esto es un argumento altamente egoísta, pero el hecho de que ahora pueda casarme con mi príncipe azul, no quiere decir que tenga que hacerlo. Así como sucedió, sobre todo con las mujeres, en las décadas pasadas probablemente hasta hace veinte años, aquellas que decidían no casarse eran sujeto de condescendencia y comentarios de lástima por que nunca pudo casarse, ahora esa mentalidad conservadora hace su regreso, aplicada ya no sólo a las mujeres, sino a todo aquel que decida no seguir con lo que la sociedad tan amablemente ha decidido brindarnos.

Por otro lado, y tal vez con un impacto más fuerte al corto plazo, me pregunto qué pasará con instituciones como las compañías aseguradoras y las pensiones para el retiro. Uno de los logros de la comunidad homosexual hacia la sociedad entera había sido el poder heredar y hacer dependiente económico (y de beneficios como los médicos) a quien se quisiera. Este logro ha beneficiado, no sólo a la gente gay, sino a todos los que por una y mil razones dependen de otros (incluidas las parejas heterosexuales fuera del matrimonio, los adultos mayores que dependen de la prima o el hermano, y un largo etcétera). Nada impedirá ahora a los gobiernos y a las compañías privadas a volver a la dinámica en la que para poder ceder este tipo de derechos y compartir bienes sea necesario el matrimonio como única vía. El beneficio económico para ellos sería altísimo, el retroceso social, incalculable.

La idea de la familia, volviendo al punto anterior, es central en la vida de los individuos sin lugar a dudas. Pero no sólo la de la familia a la que se pertenece por vínculo sanguíneo, sino a la que se elige libremente. En sociedades cosmopolitas como las de las grandes ciudades en Estados Unidos o, hasta cierto punto, la de la Ciudad de México, la gente con preferencias sexuales diferentes, donde el estigma o el rechazo a veces empujaban a los individuos fuera de sus círculos familiares, los amigos se convertían en esa familia por elección. A la larga, con un aumento en el deseo o necesidad por pertenecer al molde social de la familia conformada por un matrimonio tradicional, esa decisión y ese vínculo cuasi-familiar está en riesgo de desaparecer también.

La idea clave en todo esto es aquella de la tradición, que está muy cercana a la de la normalidad. No hay palabra más chocante que esa: “normal”. La legalización del matrimonio ente personas del mismo sexo es un logro social y una reforma revolucionaria en occidente, de eso no cabe duda, pero es al mismo tiempo, el método por el cual se homogeneiza a las sociedades que deberían vanagloriarse de ser heterogéneas, múltiples, variadas. Ello representa un riesgo muy alto, y estoy consciente de que no todo el mundo piensa igual; la mayoría de la gente aspira, despeñes de décadas de esfuerzo y conflicto (aunque siendo realistas los beneficiados por todo esto no serán aquellos que lucharon par que se obtuviera) a la aceptación, la tranquilidad y la igualdad de trato, pero me queda la duda de si es homogeneizando a los individuos, como de hecho se va  a lograr de manera esencial y permanente, sin abrir la puerta a nuevos prejuicios.

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