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Johnny siempre va, de un lado para el otro, intentando encontrar las certezas que está seguro que le faltan, la certeza que necesita sobre sí mismo. Se siente solo, siempre, y busca que el mundo entero le confirme lo contrario. Que todos lo hagan ver que es sólo una sensación angustiosa, o que no es real. Mary por su parte, siempre está con él. Dice que ya debería estar acostumbrada a sus cambios de humor, a su inseguridad y su deseo inmaterializable de no ser así. No está harta, pero se aburre…estar con alguien así puede ser pesado, dice, y aburrido. Mary ve a la nada, cuenta las paredes, se peina el cabello; hace todo lo que aligere su espera, hasta que él se sienta seguro de nuevo, aunque sea por poco tiempo.

Pareciera que Johnny siempre se está descubriendo a sí mismo, una y otra vez. Y en cada intento se encuentra con un yo diferente, o conocido, pero que no quiere reconocer. Le duele dejar salir las partes de él que se sienten solas, le duele reconocer que se sabe acompañado por Mary, que es él mismo, pero que no sabe cómo sentirse apoyado por ella. Mary y Johnny son uno mismo, son la misma persona, y el mismo tiempo, tan diferentes, tan separados uno del otro, tan hartos uno del otro, y tan enamorados, inseparables.

Para Mary, la vida con Johnny es una constante apuesta, un volado que se echa cada día, esperando que Johnny se sienta bien, o al menos, que se sienta menos solo, y que en la medida en que se deje de sentir así, su angustia cese, y deje de ir de aquí para allá, corriendo de un lado a otro sin rumbo, o por lo menos, que ignore la angustia, que de todos modos nunca se va.

La música es eso, una manera de evadir la angustia, al mismo tiempo que esa angustia es una fuerza para crear música a su vez. No es sólo una manera de encontrar la expresión de aquello que Johnny siente, sino un paliativo a sus emociones. Siempre huye, siempre escuchando música, hablando con gente, bailando sin que nadie lo vea; porque sólo de ese modo el ruido en su cabeza se acalla un poco, el volumen de su corazón y de su propia voz disminuye, y así puede sentirse menos solo, y voltear de vez en cuando en dirección a Mary, y decirle que él sabe que ella está siempre ahí, teniendo todo preparado, la cama tendida, las cortinas abiertas, las paredes limpias y los ojos siempre puestos en él, para cuando él se encuentre a sí mismo, momentáneamente y quiera decirle lo que le pasa. Aunque eso no sucede a menudo.

La angustia de Johnny no es por algo en especial, es por él mismo. Porque se conoce y se percibe como un extraño lleno de dudas y prejuicios; lleno de deseos de amar, de ser amado, de aprender y vivir cosas nuevas, pero con el terror de que todas las cosas se terminan, y si eso pasa, duele, y la angustia le recuerda, como un suspiro, una ligera, casi imperceptible voz, que está ahí, que no lo piensa abandonar aunque él corra a donde corra.

Mary, a su vez, paciente, imperturbable, sabe lo que él siente, sabe cómo se siente, y cómo reaccionará, pero no dice nada, no vale la pena, tiene que dejarlo que corra, que grite, que cante y que baile…ella siempre estará ahí, intentando captar las hermosas expresiones de él cada vez que se sorprende a sí mismo como si nunca se hiera visto, como un niño que por primera vez se ve ante un espejo y no sabe cómo reconocer al que está frente a sus ojos.

Johnny y Mary son uno mismo, son las dos partes de un ser angustiado, triste pero que siempre sonríe, que siempre habla con los demás y que siempre está ahí para otros, o casi siempre al menos. Tal vez cuando Robert Palmer escribió su “Johnny and Mary” no pensaba eso, tal vez él sólo hablaba de una pareja en algún lugar olvidado, tratando cada día de ser una pareja, siempre juntos, siempre viendo de reojo al otro mientras duerme, porque es hermoso cuando lo hace. Probablemente Robert Palmer no creía que estaba hablando de una sola persona, yo por el contrario, creo que sí, que “Johnny and Mary” no es sólo sobre esa pareja que se susurra cosas al oído, que se extraña en el instante en que con cada parpadeo deja de ver al otro, sino de uno mismo. En cierto sentido Johnny y Mary son yo, somos todos, todos los que alguna vez, o más de una hemos sentido la angustia terrible de no saber nada, de no entender nada y no sabernos completos, o con algún sentido, y que al encontrarlo éste se deshace, como si quisiéramos tomar en una mano el humo exhalado de un cigarro. Sin embargo siempre está ese otro lado, el que nos aguanta, nos espera, nos mira pacientemente, y que sabe que aunque debería estar cansado, está acostumbrado a esperar, y a tener la esperanza de que algún día el correr termine y llegue la tranquilidad, la calma, que tal vez no se presente nunca, pero por a que vale la pena apostar.

“Johnny and Mary” es una canción muy bella, que a su modo me recuerda mucho de mi, y me confunde porque no soy ninguno de ellos por separado, pero sí los dos de manera intermitente, incansable.

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